Agradecer lo que percibimos es una forma de “sentirse mejor”, pero lo que muchas veces pasa desapercibido es que esta práctica cotidiana también deja una huella medible en el cerebro.
La gratitud como una practica de repetición de comportamiento, o sea, la gratitud habitual, modifica la forma en que el cerebro responde. Aprender a mantener actitudes positivas, a largo plazo, regula el estrés. ¿Quien pensaría que una práctica simple puede ser tan poderosa?
Lo que practicas a diario no solo moldea tu estado de ánimo: entrena tu cerebro.
La ciencia ha avalado los efectos de la gratitud que te menciono. En investigaciones en neurociencia han identificado varios efectos asociados a la práctica diaria de la gratitud. Se han documentado fectos especificos cuando la gratitud se practica de manera constante, como cambios observables en la actividad cerebral y en la forma en que el organismo gestiona el estrés.
4 Razones para hacer que la gratitud sea parte de nuestra rutina de bienestar:
Microacción de la semana
Durante una semana, dedica unos minutos al día a escribir una breve nota de gratitud.
No tiene que ser elaborada. Lo importante es la constancia. La repetición es la que activa el proceso de entrenamiento descrito.
Transformar el agradecimiento en un hábito
La gratitud es una emoción que deja huellas más allá de su simbolismo. Cuando la practicas de forma sostenida en el tiempo, influye en cómo tu cerebro aprende, decide y responde al estrés.
En otras palabras, cada pequeño acto de agradecimiento refuerza un circuito que te ayuda a relacionarte con la vida desde mayor claridad y equilibrio.
Practica con intención de lograr la meta:
Lo que eliges practicar hoy, tu cerebro lo recuerda mañana.
La gratitud no exige perfección, solo presencia… y se fortalece cuando se comparte y se vive en comunidad.